La recuperación del mito de Vietnam rescata a los fantasmas del pasado y nos devuelve a una estrategia que consiguió lo que Nixon llamó "paz con honor" pero que en realidad fue una de las derrotas más deshonrosas que los estadounidenses sufrieron jamás.
El 11 de septiembre fue precedido por otros ataques provocados por el terrorismo islamista, lo que algunos han dado en llamar islamofascismo.
Se avecina una cascada de películas made in Hollywood de corte antibelicista y que, ¡oh sorpresa!, coinciden con la precampaña electoral en EE.UU. y el discurso mayoritario de los demócratas.
La primera de éstas en estrenarse en España se titula "Leones por corderos" y cuando uno sale de la sala de cine tiene la sensación de haber asistido a un mitin de la mismísima Hillary Clinton.
La película construye un discurso que procura salvar los muebles del patriotismo y la responsabilidad nacional sin dejar de criticar furibundamente a los republicanos. Inteligentemente entrelaza tres historias que transcurren al mismo tiempo y en las que se despliega ante el espectador la falta de escrúpulos de un senador republicano que diseña una nueva estrategia para alcanzar la victoria en Afganistán. Figura que se contrapone con la del profesor universitario – el "intelectual" que ya definió Paul Jonson- y la de la periodista "liberal" (en España, progre). Construye el personaje de la periodista en oposición al del senador, las cualidades de uno son los defectos del otro. La periodista muestra una conciencia social y un compromiso con la verdad que en el senador aparecen como interés propio y solidaridad nula. Recrimina al senador no tener experiencia directa en combate –"sólo" en inteligencia- mientras que la reportera no justifica su inexperiencia, nadie se lo exige. Ella admite sus errores y no está dispuesta a cometerlos de nuevo mientras que él tropezará con la arrogancia de quien repite sus propios errores y los ajenos: la nueva estrategia fracasará como la primera y como ya ocurrió en… ¡Vietnam!
La recuperación del mito de Vietnam rescata a los fantasmas del pasado y nos devuelve a una estrategia que consiguió lo que Nixon llamó "paz con honor" pero que en realidad fue una de las derrotas más deshonrosas que los estadounidenses sufrieron jamás. Y lo fue no porque la guerra se perdiera en los campos de batalla sino porque el pueblo norteamericano perdió la voluntad y la determinación de ganarla. La estrategia de entonces se apoyó en aquellos que se oponían a la guerra por motivos ideológicos –la de aquellos que realmente no buscaban la derrota del comunismo sino el compromiso de una democracia "socialista" con un comunismo apaciguado- y en los ciudadanos que lo hacían de buena fe. Hoy los motivos ideológicos se esconden tras términos como el diálogo o el multiculturalismo, un relativismo que iguala las mayores atrocidades que se amparan en diferencias sociales o culturales que deben ser respetadas. Y, como entonces, los buenos sentimientos de los ciudadanos les llevan a rechazar y evitar los horrores de la guerra. Esto, lejos de ser un defecto de nuestras sociedades abiertas, supone la victoria de la supremacía de los principios del liberalismo: vivir en paz y libertad en base al respeto mutuo. Pero el crimen siempre estará presente en nuestras sociedades y su represión necesaria para nuestra seguridad; de la misma forma siempre existirán enemigos exteriores a los que tendremos que hacer frente. Lo contrario supondría creer que vivimos en un mundo ideal, deseado pero inexistente; y como toda utopía que desprecia la realidad nos abocaría al mayor de los desastres. Nadie, en su sano juicio, puede alegrarse ante la destrucción y el horror –sólo imaginable para aquellos que jamás hemos pisado una zona de conflicto y nunca hemos sufrido nada parecido- que conlleva una guerra. Una maldad indeseable pero inevitable cuando la alternativa es el pacto o la claudicación ante el enemigo que busca nuestra destrucción. Podemos llegar a acuerdos y soluciones diplomáticas con aquellos que también desean alcanzarlos pero no con aquellos que fundamentan su ideología en el odio y la administración de un poder omnímodo. La confrontación llega a ser inevitable porque cualquier acuerdo acrecentaría su poder y aumentaría la percepción de nuestra debilidad que aprovecharían para golpearnos con mayor fuerza en la próxima acometida. Ésta es la realidad que se esconde tras las políticas de apaciguamiento y distensión.
El 11 de septiembre fue precedido por otros ataques provocados por el terrorismo islamista, lo que algunos han dado en llamar islamofascismo. Las respuestas ante aquellos ataques resultaron tibias o, directamente, nunca llegaron. Tras el 11-S la caída de las torres mostró al pueblo americano y al mundo entero los peligros de la inacción y la indeterminación. Poco a poco se articuló una nueva política de Defensa que por primera vez desde hacía mucho tiempo proponía resolver de raíz el origen del conflicto: el odio y la falta de libertad. La administración del presidente Bush tomó la determinación de emprender una guerra que no puede limitarse al terreno militar; la guerra contra el terrorismo incluye perseguir a los terroristas allí donde se encuentren y combatir hasta las últimas consecuencias a aquellos estados que los apoyen. Pero no sólo eso, la educación en el odio hacia la libertad y la intolerancia deben ser combatidos también a través de la estabilización de los estados que pocas veces han dado libertad a sus ciudadanos. Y eso sólo es posible bajo un régimen de libertades y garantías aseguradas por un Estado que ofrezca seguridad. Ésta es la misión de los ejércitos estadounidenses y sus aliados. Misión que deben tener en cuenta los ciudadanos a la hora de juzgar las promesas y grandes palabras de sus representantes. Sino caeremos en los mismos errores del pasado, los errores que algunos están empeñados en volver a cometer con toda la artillería de su propaganda mediática y sus grandes películas que destruyen la moral de los combatientes por la libertad. Errores que pueden conducir a muchos a confundir a los leones por corderos y a los corderos por leones.